Eugene O'Neill (1988-1953) 'revisitado':
el alba de un dramaturgo
Esteban LÓPEZ-ESCOBAR
El 28 de abril de 1941 O'Neill escribió a su hijo Eugene: "en los dos últimos años he escrito dos obras con las que estoy entusiasmado: The iceman cometh y Long day's journey into night. Figurarán entre las mejores cosas que he hecho, lo sé. Pero digo tajantemente que no quiero que se produzcan ni publiquen estas obras -especialmente la segunda- en estos momentos críticos".
Pocos años después, en noviembre de 1945, O'Neill entregó una copia del manuscrito de Long day's journey into night -cuya redacción concluyó el 20 de diciembre de 1940- a la editorial Random House con la condición de que no se publicara hasta 25 años después de su muerte; y, por entonces, había decidido que nunca se representara.
Al dedicársela a su mujer Carlotta Monterey, en Tao House, su casa californiana de la montaña, el 22 de julio de 1941, escribió: "Te entrego el original de esta obra de antiguos pesares, escrita con sangre y lágrimas .(...) La considero como un tributo a tu amor y ternura, que me dieron la fe en el amor, que me permitieron enfrentarme con mis difuntos y escribir esta obra, escrita con profunda piedad y comprensión y perdón para los cuatro atormentados Tyrones".
Es, sin duda, la obra más autobiográfica de O'Neill, el gran dramaturgo norteamericano de ascendencia irlandesa que ganó cuatro premios Pulitzer, y al que se concedió el premio Nobel de literatura en 1936. Refiriéndose a ella, Laurence Olivier comenta que no resulta sorprendente que O'Neill no autorizara su estreno hasta después de su muerte: "Era (una obra) demasiado próxima y demasiado personal, contenía demasiada sangre y dolor, aunque debe haber resultado bastante extraño no ver la propia obra maestra representada jamás". "Quizás lo sintiera, pero no es fácil desplegar la propia vida en el escenario y decir: 'Así fueron las cosas'. Cuando se dice la pura verdad, como yo creo que se hace en esta obra -observa Olivier- nadie desea realmente escuchar la crítica".
LOS TYRONE-O'NEILL
Los cuatro atormentados Tyrones son, en realidad, los cuatro O'Neill: James y Ella, Jamie y el propio Eugene. El padre de Eugene, James O'Neill (1849-1920) - James Tyrone en Viaje de un largo día hacia la noche-, fue un actor que consiguió la popularidad y una cierta fortuna con la representación de El Conde de Montecristo. Había emigrado, siendo niño, desde Irlanda a los Estados Unidos. La madre, Mary Ellen (Ella), también de ascendencia irlandesa, fue una joven católica educada en un convento. Ella siguió al marido en una vida nómada, viviendo en hoteles de segunda clase y pasando temporadas ocasionales en Monte Cristo Cottage, la casa de verano que nunca llegó a ser un verdadero hogar, y que hoy se conserva como un museo en la avenida Pequot de New London (Connecticut). Ella es Mary en Viaje de un largo día hacia la noche.
Los O'Neill tuvieron tres hijos: el mayor, James, nacido en 1878, Edmund, que nació en 1883 y murió en la infancia, y el último, Eugene. Fue precisamente con ocasión del nacimiento de Eugene, cuando su madre fue tratada con morfina, y eso le desencadenó un proceso de adicción que sólo logró superar en los últimos años de su vida. O'Neill cambia ligeramente en Viaje de un largo día hacia la noche los nombres de los hijos: Eugene, el autor, se enmascara tras el nombre de Edmund.
El 15 de junio de 1940, O'Neill escribió una carta a George Jean Natham, en la que describía la obra: "Tras acabar The iceman cometh, comencé otra obra (...), 'Day's journay into night', no relacionada con la actual crisis mundial (se refiere a la segunda gran guerra), como el título podría indicar; sino que es la historia de un día, desde las 8 de la mañana hasta la medianoche, en la vida de una familia de cuatro personas -padre, madre y dos hijos- que sucede en 1912; un día en el que ocurren cosas que evocan todo el pasado de la familia y revelan todos los aspectos de las relaciones entre sus miembros. Una obra profundamente trágica, pero sin acción dramática violenta. Cuando cae el telón, allá quedan ellos, atrapados recíprocamente por el pasado, cada uno de ellos culpable y al mismo tiempo inocente, desdeñándose, queriéndose, apiadándose uno de otro, comprendiendo y no comprendiendo, perdonando, pero, con todo, condenados a no poder olvidar nunca".
O'Neill murió el 27 noviembre de 1953 en el hotel Shelton de Boston, convaleciente de una dolencia semejante a la enfermedad de Parkinson, que le impidió escribir durante los últimos años de su vida. Había nacido el 16 de octubre de 1988 en Barret House, otro hotel, modesto, en la confluencia de Broadway con la calle 43 de Nueva York. En un rincón del cementerio Forest Hills, bajo árboles frondosos, una tosca piedra vertical erguida en la pradera, indica el lugar donde el escritor y, posteriormente, Carlotta fueron enterrados.
ESTRENO EN ESTOCOLMO
Tras morir O'Neill, Carlotta tomó la decisión de dar a conocer Long day's journey into night, cuyo estreno mundial -que exigió cuatro horas y media de representación- tuvo lugar en 1956, no en los Estados Unidos, sino en el Teatro Real de Estocolmo, ante una audiencia de la que formaban parte el rey Gustavo Adolfo y la Reina Luisa. O'Neill tenía una deuda de gratitud con el público sueco -a su juicio el que mejor comprendió sus obras- y pudo saldarla póstumamente con ese estreno. Los críticos teatrales de la prensa sueca correspondieron declarándolo como el último genuino dramaturgo del mundo, comparable a Esquilo y Shakespeare.
A finales del mismo año 1956, el 7 de noviembre, en el teatro Helen Hayes de Broadway se hizo el estreno en los Estados Unidos. Carlotta Monterey confió la dirección al panameño José Quintero, que había dirigido previamente con gran acierto The Iceman cometh (Viene el hombre del hielo). Frederic March hizo el papel de James Tyrone, Florence Eldridge el de Mary, Jason Robards Jr., el de Jamie, y Bradford Dillman el de Edmund. La representación de la obra en Nueva York -que le valió a O'Neill su cuarto premio Pulitzer, en este caso póstumo- corroboró, una vez más, que se trataba del autor dramático más importante de todo el teatro norteamericano. Pocos años más tarde, Sidney Lumet hizo una versión cinematográfica abreviada, con un espléndido Ralph Richardson en el papel de Tyrone, Katherine Hepburn, Jason Robards Jr. y Dean Stockwell.
Normand Berlin ha señalado que el título de la obra -"quizás la más estremecedora que se conozca en el teatro universal", como ha escrito León Mirlas- está perfectamente ajustado. Es una obra 'larga' porque la representación supera las cuatro horas, "porque no tiene fin, porque es repetitiva y porque es dolorosa". Se desarrolla en un día, y cada acto se ajusta a los momentos de reunión de la familia: el desayuno, el almuerzo, la cena, y la medianoche, la hora de retirarse a descansar. Se trata de un viaje; "un viaje en el tiempo con idas y venidas al pasado, un viaje en busca de razones, una peregrinación a través de la vida". Y se va hacia la noche no sólo en el sentido de que se llega cronológicamente al final del día, sino tambien en un cierto sentido simbólico.
Es una obra sin argumento, en la que, a partir de un momento inicial -el desayuno- se desplegarán los qués y los porqués de los sufrimientos de cuatro personas que se confiesan, uno u otro, las intimidades de su vida. Poco a poco se va produciendo un despliegue de reproches con un ritmo que recuerda el movimiento incesante del mar, tan amado de O'Neill: en efecto, el diálogo -magistralmente adaptado a las necesidades escénicas- sugiere un oleaje que fluye y refluye, que se enfurece o apacigua, que bate en ocasiones con fragor sobre la arena, o que se diluye sobre ella como un murmullo. Se trata de unas relaciones de amor y odio que, progresivamente, se van revelando.
Y, sobre todo, se plantea una pregunta: ¿quién tiene la culpa? ¿Quién tiene la culpa de la morfinoadicción de Mary Tyrone (Ella O'Neill), de la tacañería de James Tyrone (James O'Neill), del abandono de Jamie Tyrone (James O'Neill hijo) a la bebida y a las compañías de alquiler, de la tuberculosis de Edmund Tyrone (el propio Eugene O'Neill)? Mary ha vuelto a casa después de un período de convalecencia en una clínica, con un tratamiento para abandonar la drogadicción. Parecía que todo iba a ir mejor esta vez, pero pronto se advierte que no.
EL AMOR A LA NIEBLA
A medida que avanza el día, la luz se va debilitando, reflejando ese 'viaje' que se inició con el desayuno. La niebla aumenta y, con ella, el aislamiento de la casa de los Tyrone llega a percibirse más intensamente. Suena la sirena del faro, con monotonía, como los tam-tam de El Emperador Jones, como la conciencia que recuerda que una voz venida de algún lado nos apela siempre. La niebla exterior es al mismo tiempo símbolo de la niebla interior de los personajes creada por la morfina o el alcohol, según los casos. Mary, a quien gusta la niebla cuando está bajo los efectos de la droga ("porque te esconde del mundo, y esconde también el mundo de tu vista"), odia sin embargo -y siempre- el sonido rítmico y tenaz de la sirena:"lo que odio es la sirena. Nunca te deja sola. Te recuerda algo, y te advierte y te llama". El sonido de la sirena, como la tos de Edmund, son dos elementos que -como dice Berlin- contribuyen a dar a la obra su atmósfera opresiva.
También a Edmund (Eugene) le encanta la niebla. Se lo dice a su padre cuando éste le reprocha haber paseado por la playa con su tuberculosis recién diagnosticada: "Quería estar dentro de la niebla. A mitad de camino no se podía ver la casa. Ni ninguna otra de las casas de la calle. Apenas se podía ver a unos metros de distancia. No había ni un alma. Todo parecía y sonaba como irreal. Nada era como es. Eso es lo que yo quería: estar solo conmigo mismo en un mundo en el que la verdad resulta irreal, y la vida puede ocultarse de sí misma".
Anna Christie, personaje que da título a otro de los dramas premiados con el Pulitzer, también se enamora de la niebla cuando va a vivir con su padre, en el lanchón atracado en el puerto, donde intenta rehacer su vida sobre los escombros del pasado. "¿No entras, Anna? Es tarde..., ya han dado las cuatro campanadas -le dice su padre. A mi parecer no conviene que te quedes aquí fuera, con esta niebla". "¿Por qué no?", responde Anna. "¡Amo esta niebla! ¡De verdad! Es tan... extraña y serena. Siento como si estuviera... al margen de todas las cosas". Su padre, que habla del mar -al que ama y odia- como de un poder maligno, responde: "¡La niebla es una de sus peores tretas, qué diablos!" Y Anna contesta:"¡Amo la niebla! ¡Y si no se disipa, no me importa nada! (...) aquí fuera, me siento limpia..., como si me hubiera bañado". De esa niebla surgirá un dia Mat Burke, un vigoroso, tozudo, y un tanto presuntuoso marino irlandés, superviviente de un naufragio, con cuyo amor Anna se sentirá definitivamente limpia.
CINCUENTA AÑOS DESPUÉS
En la primavera de este año 2003, al cumplirse los 50 años de la muerte de O'Neill, en el teatro Goodman de Chicago se representó nuevamente Long's day journey into night, dirigida por Robert Falls, y con un reparto integrado por Brian Dennehy (James Tyrone), Pamela Payton-Wright (Mary), Steve Pickering (Jamie), David Cromer (Edmund), y Susan Bennett, en el papel de Cathleen, la joven doncella irlandesa. De ahí, la obra pasó al teatro Plymouth de Broadway, en Nueva York, con un nuevo reparto, en el que solo repitió Dennehy: Vanessa Redgrave hizo el papel de Mary, Philip Seymour Hoffman el de Jamie, Robert Sean Leonard -al que recordamos especialmente en El club de los poetas muertos- el de Edmund, y Fiana Toibin el de Cathleen. La obra fue galardonada con tres premios Tony: a la mejor reposición de una pieza dramática, a la mejor actuación de un actor principal, y a la mejor actuación de una actriz principal.
Ciertamente, Vanessa Redgrave -a pesar de tener diez años más de lo adecuado para el papel- y Dennehy hicieron representaciones soberbias, peno no estuvo en un nivel menor Hoffman en su papel de Jamie.
EL DESCUBRIMIENTO DE UNA VOCACIÓN
Viaje de un largo día hacia la noche está situada en agosto de 1912, el día en que supuestamente le diagnosticaron a O'Neill la tuberculosis que le obligó a pasar varios meses, en cura de reposo, en el sanatorio de Gaylord Farm de Wallingford, Connecticut. Durante su convalencencia, el joven que deseaba ser poeta, y que había crecido junto a los escenarios en que actuaba su padre, descubrió su verdadera vocación artística leyendo a Strindberg. Dió un testimonio universal acerca de ello cuando se le concedió el Premio Nobel en 1936; aquella feliz circunstancia le dio "la oportunidad de reconocer, con gratitud y orgullo, ante ustedes y ante todo el pueblo de Suecia -dijo en el discurso de recepción del premio, que no recogió personalmente, porque acababa de trasladarse a Seattle (estado de Washington), y además estaba delicado de salud- la gran deuda de mi obra con el genio más grande de todos los dramaturgos modernos: vuestro August Strindberg" (1849-1912). "Fue la lectura de sus obras, cuando comencé a escribir en el invierno de 1913-1914, lo que me dió por primera vez -más que ninguna otra cosa- la visión de lo que podría ser el teatro moderno, y lo que a mí mismo me inspiró e impulsó a escribir para el teatro".
Eugene Gladstone O'Neill, al hacer con profunda piedad, comprensión y perdón, la crónica de su familia en aquel largo viaje de un día hacia la noche, escribió también -autorretratándose a las puertas del sanatorio antituberculoso en el que descubrió su vocación artística- la crónica del alba del dramaturgo que llegó a ser.
Cuando regresó curado de la tuberculosis, pidió ayuda a su padre para estudiar en Harvard (1914-1915), siguiendo el curso de teatro de George Pierce Baker. En la carta que envió al profesor Baker para ser admitido a los veintiseis años, y en la que decía que había escrito una obra en cuatro actos y siete de un acto, todas sin estrenar, O'Neill declaró radicalmente: "Con mi formación actual puedo tener la seguridad de llegar a ser un escritor teatral mediocre. Precisamente porque no quiero ser eso, porque quiero ser un artista o si no nada, es por lo que le estoy escribiendo".
En el verano de 1916, O'Neill se unió al grupo de los Provincetown Players, con quienes se dio a conocer como autor teatral. En el puerto de Provincetown -entonces una villa de pescadores-, en un modesto teatro con capacidad para noventa espectadores, que se creó adaptando uno de los galpones del muelle, se presentó públicamente, por primera vez, una obra de O'Neill: Est Bound for Cardiff (Rumbo a Cardiff). Bajo el suelo de madera, chapoteaban las olas contra los pilotes del muelle y uno de los componentes del grupo recordaba años más tarde que había niebla y que, a lo lejos, "sonaba monótonamente la campana de la boya".
Poco tiempo después, cuando se estrenó Beyond the horizon (Más allá del horizonte) en el teatro Morosco, quien firmó la crítica del New York Times (4 Feb. 1920) con las iniciales Q.V. la consideró como una tragedia "absorbente, significativa y memorable" que hacía que todas las demás obras no pasasen de ser un puro merengue. Alexander Woollcott escribió días más tarde (New York Times, 8 Feb. 1920) que había elementos de grandeza en el drama, y que rara vez un escritor norteamericano había escrito una obra la mitad de buena y verdadera.
Tras esos comienzos, O'Neill produjo una obra extensa y vigorosa. Desgraciadamente su enfermedad no le permitió culminar más que dos piezas dramáticas de la decalogía que proyectaba sobre la historia reciente de los Estados Unidos: A touch of the poet y More stately mansions. Pero sí pudo escribir dos obras capitales (Long day's journey into night y A moon for the misbeggoten), en las que afrontó su propia vida, mirando con misericordia tanto a sus padres y a su hermano como a sí mismo, sin duda porque sabía que los misericordiosos alcanzarán misericordia.
UN TEATRO UNIVERSAL
Joseph Wood Krutch, profesor de literatura de la Columbia University, que prologó un volumen de nueve obras de O'Neill el año 1932, recordaba en aquellas páginas lo que en cierta ocasión había comentado Eugene O'Neill: "La mayoría de los dramas modernos se preocupan de la relación entre hombre y hombre, pero eso no me interesa en absoluto. Sólo me interesa la relación entre hombre y Dios". Krutch añade un texto de O'Neill tomado de una carta citada en los "Cuadernos Íntimos" de George Jean Nathan: "El dramaturgo de hoy debe cavar en las raíces de la enfermedad del día tal como la siente: la muerte del Dios de antaño y el fracaso de la ciencia y el materialismo en la tentativa de darnos otro dios satisfactorio para el sobreviviente instinto religioso primitivo de hallar un sentido para la vida en él y de consolar sus temores de muerte con él. Me parece que todos los que acometan hoy una gran obra, deben tener este gran tema detrás de los temitas de sus dramas o novelas, o su labor se limitará a arañar la superficie de las cosas (...)".
Krutch, en las páginas del New York Times Magazine, subrayó las dimensiones trágicas de la obra de O'Neill, cuyos personajes no son simplemente neuróticos -lo que ocurre con los de otros escritores-. En toda tragedia existe un elemento que queda sin resolver, por explicar; algo que afecta a nuestra vida: el pasado -del que somos responsables en parte y en parte no- que, como dice Mary en Largo viaje, está también en nuestro presente y en nuestro futuro.
George Williamson, a raiz del estreno de Long day's journey into night en Estocolmo, decía que era la compasión humana lo que elevaba el drama de algo meramente autobiográfico a algo universal, "lo que lo eleva del pesimismo latente de buena parte del teatro contemporáneo hacia un despliegue de amor y comprensión. La escena final, de una desesperanza dura, casi insoportable, disuelve todas las emociones de odio en una catársis de compasión". Ese trasfondo universal otorga a las obras de O'Neill un sentido de permanencia que quizás no se encuentra en dramaturgos posteriores. El propio Krutch, refiriéndose a sus obras, dice que en ellas se aprecia la tragedia, mientras que, en otras, lo que existe es nada más que lío o complejidad.
Sir Laurence Olivier consideraba a O'Neill como el padre del teatro norteamericano moderno, y decía que su sombra se encontraba en todos los dramaturgos norteamericanos modernos -desde Tennessee Williams y Arthur Miller hasta Sam Shephard y David Mamet-, y también en muchos dramaturgos británicos. A los 50 años de su muerte, O'Neill sigue conmoviendo, como los otros grandes que han escrito para la escena. En el silencio del teatro Plymouth, acompañando a los Tyrone-O'Neill en aquella jornada de 1912, es fácil imaginar al dramaturgo saliendo de su cuarto tan sólo a las horas de comer, absorto y con los ojos enrojecidos, como tantas veces lo vio Carlotta Monterey. Y podrían suscribirse las palabras de Olivier cuando lo describe como "un escritor con un corazón del tamaño de un melón, que abría de vez en cuando, para mojar en él su pluma".
Bienvenido. Muchas gracias, Esteban, por entrar en este sitio de trabajo y ofrecernos el estupendo retrato de O'Neill que has escrito. Me han entrado muchas ganas de leer su "viaje de un largo día hacia la noche".
Posted by: Büyü | Jun 26, 2010 at 11:06 AM
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Posted by: propecia online | Apr 27, 2010 at 02:57 AM
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Posted by: invierta proyectos | Feb 09, 2010 at 06:36 PM
Muchas gracias por el texto. Me ha parecido muy interesante, sobre todo, el epígrafe que se titula "Un teatro universal".
Reconozco que puede sonar provocatorio, pero me gustaría escuchar, una vez más, algun comentario sobre cómo es que se produce este misterioso efecto de que una historia concreta (cuatro personajes –no personas- en un comedor, durante más de 12 horas –condensadas en cuatro horas de representación-) nos hable a los espectadores de algo tan personal como “la compasión” o “la capacidad de perdonar”.
Por otra parte, estoy leyendo un libro donde se cita a O’Neill cuando decía que antes de quebrantar las normas clásicas de la dramaturgia, hay que conocerlas. Me interesaría saber si esto se advierte en “Day's journay into night” (Obra que todavía no he leído, pero que, gracias al artículo publicado, pongo ahora mismo entre las próximas).
Posted by: csb | Jan 03, 2004 at 10:06 AM
Bienvenido. Muchas gracias, Esteban, por entrar en este sitio de trabajo y ofrecernos el estupendo retrato de O'Neill que has escrito. Me han entrado muchas ganas de leer su "viaje de un largo día hacia la noche".
Posted by: JJGN | Dec 16, 2003 at 12:56 PM