Alfredo Méndiz nos propone en el presente texto las coordenadas vitales e intelectuales de la obra literaria de Maxence Van der Meersch. Autor prácticamente imprescindible a mediados del pasado siglo, poco después de su muerte prematura en 1951, a los 43 años, la obra de este Premio Goncourt (1936) ha ido quedando rápidamente en la oscuridad. Sus obras son sin duda testimonio directo de una época muy concreta, pero también (lejos del populismo, del paternalismo o del moralismo que la crítica le adjudica) forman de algún modo parte del patrimonio que se nutre de las raices cristianas de la cultura europea [JJGN].

UN ESCRITOR OLVIDADO: MAXENCE VAN DER MEERSCH
Por Alfredo Méndiz
Desde las campañas de Julio César hasta el desembarco de Normandía, la franja de tierra que se extiende en torno a la frontera entre Francia y Bélgica ha sido el gran estadio militar en el que de generación en generación se han medido los ejércitos europeos: para el historiador, topónimos como Azincourt, San Quintín, Waterloo, Sedan, Ypres, Dunkerque y otros muchos evocan hechos de armas muy desparramados a lo largo del tiempo pero muy cercanos en el espacio.
Ese perenne campo de batalla continental es la patria de Maxence Van der Meersch, un escritor en el que el explosivo confín entre las contradictorias aspiraciones de una Europa en crisis permanente parece hecho no de tierra, mar y aire sino de carne y espíritu; o, por decirlo con sus propias palabras, de cuerpos y almas. El escritor obrero Maxence Van der Meersch es hijo de franceses pero nieto de belgas. Nace en 1907 en Roubaix, muy cerca de la frontera. Los Van der Meersch habían llegado a Francia en 1860, cuando el abuelo Louis, persona sencilla pero sensible, se había establecido en la pequeña localidad de Bondues como organista de la parroquia.
Tampoco el padre de Maxence, Benjamin, carecía de sensibilidad, pero de hecho se había orientado hacia la actividad comercial. Más de fondo eran, entre el padre y el abuelo, las diferencias en materia religiosa: Benjamin Van der Meersch, incrédulo y anticlerical, era muy distinto de su progenitor, un hombre piadoso que había transcrito a mano un extenso libro de oraciones para que su mujer, que tenía muchas dificultades con el francés y se atascaba ante la letra impresa, pudiera rezar todos los días en neerlandés.
Durante la Primera Guerra Mundial, Roubaix fue ocupada por los alemanes y sufrió las dramáticas penalidades que Van der Meersch reflejará en Invasión 14 (1935), para muchos su mejor novela. Él lo pasó en aquellos años realmente mal: mientras su padre, para resarcirse de una quiebra infeliz que poco antes le había obligado a huir a Bélgica, se dedicaba al contrabando, la madre, separada de Benjamin y absorbida por su propio negocio (una taberna), había delegado de hecho el cuidado de su hijo en la hermana y la abuela paterna de éste. Ambas murieron durante la guerra. La pérdida de Sarah, su única hermana, siete años mayor que él, fue para el pequeño Max el golpe más duro de todos los de aquella época siniestra de guerra, penuria económica y desavenencias familiares.